Senadores oficialistas acuerdan modificar reforma de seguridad para asegurar su tramitación legislativaActualizado · hace 26 días
Resumen
Los senadores Arturo Squella, del Partido Republicano, y Andrés Longton, de Renovación Nacional, anunciaron la presentación de indicaciones conjuntas para modificar la reforma constitucional en seguridad impulsada por el Gobierno. El acuerdo busca corregir los puntos más cuestionados del proyecto, específicamente el diseño del nuevo estado de excepción y la facultad de interceptar comunicaciones privadas. La propuesta original del Ejecutivo enfrentaba críticas transversales por permitir una duración de hasta 240 días sin control parlamentario y por facultades consideradas excesivas por diversos sectores políticos.
Las modificaciones planteadas establecen que el nuevo estado de excepción deberá contar con el acuerdo del Congreso desde su inicio y estar sujeto a revisiones periódicas cada 30 días. Asimismo, los parlamentarios acordaron eliminar del texto la disposición que permitía la intervención de comunicaciones, buscando así despejar las dudas sobre posibles afectaciones a garantías fundamentales. Este movimiento responde a la necesidad de asegurar los votos necesarios para la aprobación de la reforma, dado que el oficialismo no cuenta con la mayoría requerida de cuatro séptimos en el Senado.
La iniciativa ha generado un intenso debate sobre el equilibrio entre la eficacia en el combate al crimen organizado y el respeto a la separación de poderes. Mientras el Gobierno ha mostrado apertura para perfeccionar el proyecto durante su tramitación en las comisiones legislativas, sectores de la oposición y algunos parlamentarios oficialistas han mantenido reparos sobre la necesidad real de crear una nueva figura constitucional. El proceso legislativo continuará tras el receso, con el objetivo de alcanzar un consenso que permita avanzar en la agenda de seguridad nacional.
Análisis Político
La estrategia observada refleja un intento de pragmatismo legislativo por parte del oficialismo, que busca evitar una derrota política ante la falta de quórum propio. Al ceder en puntos críticos como el control parlamentario y la privacidad de las comunicaciones, los senadores Squella y Longton intentan desarticular las críticas de 'autoritarismo' que habían fracturado el apoyo a la reforma, incluso dentro de sus propias filas y aliados. Esta maniobra permite al Gobierno mantener el control de la agenda de seguridad, trasladando la responsabilidad de la aprobación hacia la oposición, al tiempo que busca legitimar el proyecto mediante un proceso de 'perfeccionamiento' en el Congreso.
En este escenario, el Gobierno gana la posibilidad de destrabar una reforma emblemática, aunque a costa de diluir su propuesta original. Por otro lado, los parlamentarios que lideraron el acuerdo se posicionan como figuras clave en la articulación de consensos, mitigando el costo político de una eventual caída del proyecto. La narrativa se construye bajo la dicotomía entre la urgencia de enfrentar la crisis de seguridad y la necesidad de resguardar las instituciones democráticas, obligando a los distintos actores a definirse frente a una propuesta que ahora se presenta como más moderada y técnicamente ajustada.
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