Gobierno evalúa bajar urgencia de reforma constitucional en seguridad ante críticas en el SenadoActualizado · hace 23 días
Resumen
El ministro de la Secretaría General de la Presidencia, José García Ruminot, anunció que el Ejecutivo está dispuesto a flexibilizar la tramitación de la reforma constitucional en seguridad. Ante la falta de apoyos suficientes en el Senado y las críticas transversales, el Gobierno evalúa reemplazar la actual suma urgencia por una urgencia simple de 30 días. Esta medida busca facilitar un debate más amplio y participativo para destrabar la iniciativa legislativa.
La propuesta original, que contempla un estado de excepción de hasta 240 días bajo atribución presidencial y nuevas facultades para interceptar comunicaciones, ha generado reparos tanto en la oposición como en sectores del oficialismo. El ex Presidente Gabriel Boric calificó la medida como una limitación inédita de libertades, mientras que parlamentarios de Chile Vamos han condicionado su respaldo a modificaciones sustanciales. El ministro Ruminot admitió que esperaban una mejor recepción, argumentando que el proyecto se alinea con otras propuestas parlamentarias previas sobre estados de excepción.
Las encuestas muestran un escenario dividido respecto a la reforma, con una mayoría ciudadana que prefiere ajustes antes de su aprobación. Mientras Criteria refleja un respaldo mayoritario a la idea de reformar la Constitución en seguridad, Cadem indica que cerca de la mitad de los consultados prefiere que el Gobierno retire el proyecto para buscar acuerdos. El Ejecutivo mantiene su postura de no retirar la iniciativa, confiando en que el trabajo legislativo permitirá alcanzar los consensos necesarios para su avance.
Análisis Político
La estrategia del Gobierno refleja un intento de control de daños ante un escenario legislativo adverso, donde la falta de votos en el Senado obliga a una apertura táctica hacia la negociación. Al reconocer que esperaban una mejor recepción, el Ejecutivo busca desplazar la responsabilidad de la parálisis hacia el Congreso, apelando a la existencia de proyectos similares presentados por parlamentarios para legitimar su propia propuesta. Esta maniobra intenta transformar una derrota política inicial en un proceso de 'diálogo participativo' para evitar el retiro forzado del proyecto.
En este evento, el Gobierno pierde capital político al ver cuestionada su capacidad de conducción legislativa, mientras que los parlamentarios de oposición y oficialismo ganan margen de maniobra para imponer condiciones. La narrativa se construye bajo una tensión entre la urgencia de combatir el crimen organizado y la defensa de las libertades individuales. Mientras el Ejecutivo intenta posicionarse como un actor pragmático dispuesto a ceder en los plazos, sus críticos construyen una narrativa de 'iliberalismo' que pone en duda la proporcionalidad de las medidas propuestas.
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