Gobierno deroga resolución que prohibía la aspersión aérea con glifosato en ColombiaActualizado · hace 19 días
Resumen
El Consejo Nacional de Estupefacientes derogó la Resolución 6 de 2015, la cual mantenía suspendida la aspersión aérea con glifosato para la erradicación de cultivos ilícitos desde hace 11 años. Esta medida responde a una de las promesas de campaña del presidente Abelardo de la Espriella, quien busca retomar esta herramienta en la lucha contra el narcotráfico. La decisión administrativa, sin embargo, no reactiva de forma automática las operaciones de fumigación desde aeronaves tripuladas.
El Gobierno deberá cumplir con una serie de requisitos estrictos impuestos por la Corte Constitucional en sentencias previas para poder retomar el programa. Entre las condiciones obligatorias se encuentran la obtención de un Plan de Manejo Ambiental vigente expedido por la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) y el agotamiento de procesos de consulta previa con comunidades étnicas en las zonas de operación. Adicionalmente, se requiere un concepto favorable del Instituto Nacional de Salud que evalúe los riesgos sanitarios y ambientales del herbicida.
La medida ha generado reacciones divididas en el espectro político nacional. Sectores afines al Gobierno celebran la decisión como un paso necesario y valiente para combatir el crecimiento de los cultivos de coca, mientras que voces críticas advierten sobre los riesgos ambientales y la ineficacia histórica de esta estrategia. El Ejecutivo sostiene que la derogatoria es un avance administrativo, aunque la ejecución práctica permanece supeditada al cumplimiento de los estándares judiciales y técnicos vigentes.
Análisis Político
La estrategia del Gobierno se centra en cumplir una promesa de campaña de alto impacto simbólico, utilizando la derogatoria administrativa como un mensaje de autoridad frente al narcotráfico. Al eliminar la barrera normativa, el Ejecutivo traslada la responsabilidad de la viabilidad del programa a las entidades técnicas y a la Corte Constitucional, buscando capitalizar el apoyo de sectores que exigen mano dura contra los cultivos ilícitos, mientras intenta sortear las restricciones judiciales mediante la posible implementación de bioherbicidas o el cumplimiento de los requisitos de la ANLA.
En este escenario, el Gobierno gana terreno en su narrativa de lucha contra las economías ilegales, pero asume un alto costo político y jurídico si el proceso de reactivación se estanca o genera nuevas crisis sociales. Por otro lado, la oposición y los defensores de derechos humanos pierden la protección administrativa que ofrecía la resolución de 2015, obligándolos a centrar su resistencia en los procesos de consulta previa y en la vigilancia de los estudios de impacto ambiental. La construcción de narrativas se divide entre la seguridad nacional, defendida por el oficialismo, y la protección de la biodiversidad y los derechos de las comunidades, defendida por sus críticos.
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