Gobierno De la Espriella termina diálogos con ELN y Clan del GolfoActualizado · hace 5 días
Resumen
El presidente Abelardo de la Espriella formalizó mediante las resoluciones 390 y 391 de 2026 la revocatoria de los delegados gubernamentales en las mesas de negociación con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Gaitanista de Colombia (Clan del Golfo). Esta decisión pone fin a los espacios de diálogo heredados de la administración anterior, argumentando un deterioro progresivo en la confianza y la falta de avances verificables. El mandatario calificó a estos grupos como estructuras criminales y terroristas, descartando otorgarles estatus político bajo su gestión.
Adicionalmente, el Ejecutivo expidió la Resolución 389, que ordena el cierre definitivo de la Zona de Ubicación Temporal (ZUT) en el Valle del Guamuez, Putumayo, a partir del 30 de septiembre. Esta medida implica el desmantelamiento de los espacios colectivos de concentración para excombatientes, los cuales serán reemplazados por un esquema de reintegración individual. La Oficina del Consejero Comisionado de Paz deberá coordinar un plan interinstitucional para gestionar esta transición y notificar a las autoridades judiciales competentes.
El Gobierno sostiene que estas acciones cumplen con su promesa de campaña de abandonar la política de Paz Total en favor de una estrategia centrada en el sometimiento a la justicia y el uso de la fuerza legítima. De la Espriella enfatizó que su administración no mantendrá contemplaciones con los grupos armados y que la seguridad nacional será priorizada sobre las negociaciones políticas. Este giro administrativo marca una ruptura definitiva con el modelo de paz del gobierno de Gustavo Petro, intensificando la presión militar y judicial contra las estructuras ilegales.
Análisis Político
La estrategia del presidente De la Espriella se fundamenta en la ruptura simbólica y administrativa con el legado de su antecesor, utilizando la discrecionalidad presidencial para desmantelar la arquitectura de la Paz Total. Al revocar a los negociadores y cerrar las zonas de ubicación, el mandatario busca consolidar una narrativa de autoridad y orden, priorizando el sometimiento judicial sobre el reconocimiento político de los actores armados. Esta táctica busca satisfacer a su base electoral, que exige una postura de mano dura, mientras traslada la responsabilidad de la violencia a la falta de voluntad de los grupos ilegales.
En este escenario, el Gobierno gana legitimidad ante sectores que cuestionaban la eficacia de las negociaciones previas, pero asume el riesgo de una escalada en el conflicto armado ante la ausencia de canales de comunicación. Por su parte, los grupos armados pierden el estatus de interlocutores válidos, lo que los posiciona nuevamente como objetivos directos de la fuerza pública. La narrativa oficial se construye bajo la dicotomía entre la legalidad institucional y el terrorismo, dejando poco margen para la mediación y apostando por una confrontación directa que definirá la estabilidad de su mandato.
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